El charlatán hiere con la lengua como con una espada, pero la lengua del sabio brinda alivio. — Proverbios 12:18

Las palabras son una fuerza espiritual. Son recipientes formados por nuestros pensamientos, intenciones y significados: herramientas que cincelan en obras maestras nuestras vidas y las vidas de los que nos rodean. Sin embargo, un escultor que no entiende sus herramientas, sus propósitos y cómo usarlas no creará nada digno de exhibición. Por lo tanto, debemos estudiar el lenguaje y la Palabra de Dios para poder tomar la palabra adecuada para cada ocasión. Tenemos que tener control y entendimiento de lo que sale de nuestra boca. Tú no usas una maza para suavizar los bordes, y no puedes afinar detalles con un martillo neumático. Es lo mismo si hablamos con Dios o con los seres humanos. Las palabras que elegimos en público o en nuestro cuarto de oración importan más de lo que tú piensas.

DILE: Padre, que mi palabra siempre sea amable, sazonada con sal, a fin de que ministre a los oyentes. No seré precipitado con mis palabras porque me has dado sabiduría; por lo tanto, refreno mis palabras y uso la boca para alentar el conocimiento. Elijo poner rienda a mi lengua, para que mi fe ante ti pueda ser pura y sin mancha, en el nombre de Jesús. Amén.