No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús. —Filipenses 4:6-7

A medida que el trabajo de orar llega a su término, experimentamos la respuesta: la gracia y la autoridad necesarias para superar las avalanchas de dificultades como luz matutina en nuestros espíritus y almas. La respuesta viene a nuestro corazón, y sabemos sin lugar a dudas que el problema está atendido, aunque la respuesta todavía no se haya manifestado en el mundo natural. Es algo difícil de describir hasta que tú lo hayas experimentado, pero se siente como si el peso de la materia se levantara y la paz de Dios inundara tu corazón y tu mente.

DILE: Padre, declaro que tu paz guarda mi corazón y mi mente hoy. Tengo una mente tranquila que está libre de preocupación y ansiedad. Soy liberado de preocupaciones acerca de mi pasado, mi presente y mi futuro. Decreto que un nuevo día está amaneciendo para mi vida, mi familia, mi trabajo, y mi ministerio. No soy movido a temor por las circunstancias que me rodean porque me has escondido bajo la sombra de tus alas. Declaro: Sea la paz, y tu Espíritu calma la atmósfera a mi alrededor. Tu inquebrantable paz es mi herencia hoy. En el nombre de Jesús, amén.